Por mucho tiempo he temido morir, pero no solo al hecho mismo, sino a lo que conlleva después. La pregunta eterna salta a mi mente miles de veces al día: ¿qué habrá después de la muerte? Como católico que se supone soy, debo conservar la teoría —o más bien el hecho— de que mi alma subirá a los cielos o, en su apocalíptico defecto, descenderá al hirviente y desalmado infierno. Mis dudas me acechan: ¿existirá en realidad un infierno o un cielo? En mi poco vagar por este mundo, en los recuerdos que ahora parecen parte de un pequeño cortometraje en el cual el actor principal soy yo, en esos llamados recuerdos, saltan a mis ojos miles de teorías sobre lo que me ocurrirá a mí —más bien a mi ente individual— al momento de morir.
Por ejemplo, el otro día mi mejor amigo y yo sacamos el tema como sobremesa, y después de bromas y tonterías para alimentar nuestra propia felicidad, él me brindó su teoría de fe: “Cuando morimos, no sé adónde vayamos, pero es a un lugar desde el cual te mandan de nuevo a la tierra en otra forma; es decir, reencarnamos”. Pensé que era aceptable su punto de vista, pero más tarde, en casa, cuando me encontraba en esa fina línea entre la conciencia y la inconsciencia, reflexioné que no sería lógico aferrarme a tal cosa. ¿Cuántos años había oído que tenía de antiguo nuestro universo? ¿Dónde estaba el premio o el castigo por nuestro buen caminar como parte de la humanidad? ¿Dónde? Excuso decir que no quedé satisfecho. Era demasiado débil como para tener fe ciega en esa teoría. La desché sin pensarlo mucho.
El tiempo pasó y la pregunta persistía. Escuché todo tipo de explicaciones: oí acerca del karma, de las líneas y las siete oportunidades que tenemos para convertirnos en semidioses; leí que esta tierra era el infierno y que al morir teníamos que haber pagado ya nuestros errores para pasar a una vida mejor; escuché a gente hablar de Jesucristo, llamarle charlatán, mago, o simplemente sabio, pero nunca santo ni siquiera inmortal en otra vida.
Fue un día, estudiando para un examen, cuando leí algo que me distrajo por completo: “La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”. Quedé sorprendido por la facilidad con la que se podría derivar, a partir de esa ley física, una teoría más de vida después de la muerte. Imaginé que al morir simplemente nos convertíamos en parte de un todo —ya que vivos somos parte de un todo—. Esto me permitió ver que el ser humano tiene miedo de abandonar su individualidad y es demasiado egoísta con los demás como para fundirse con ellos en ese todo. Imaginé que sería hermoso ser parte de ese todo: sufrir con todos, reír con todos, ser el artista y el público en una obra eterna de energía revolviéndose por todo el universo. ¡Me alegré! Pero en pocos días la alegría pasó. Volvió la incertidumbre, el miedo al dolor que podría implicar convertirme en parte de un todo, el miedo a la eternidad, el miedo a estar repitiendo una y otra vez lo mismo. El miedo, de nuevo.
Ahora he estado pensando y leyendo mucho sobre este tema, y así fue como llegué al cúmulo de información que trataré de explicar. No sobra decir que las preguntas han cesado, no en su totalidad, pero la tormenta ha amainado. Sería mentira decir que me siento satisfecho —no lo estoy ni nunca lo estaré mientras viva—, pero sí puedo decir que esto le entrega a mi ser algo mejor que lo que las demás teorías entregaban.
¿Cuándo duermes muy, pero muy profundo, qué sientes? ¿Cuando estás muy cansado, te acuestas de noche y te levantas de día, qué recuerdas de la noche anterior? ¿Te has golpeado alguna vez la cabeza tan fuerte como para no tener recuerdos del momento antes ni después del golpe? ¿Qué recuerdas de las veces que has estado desmayado?
Cuando duermes profundamente, igual lo hace tu conciencia. Cuando te golpeas muy fuerte en la cabeza, hay veces que tu cerebro deja de recibir oxígeno y simplemente se va la corriente; lo mismo ocurre cuando uno se desmaya: deja de tener conciencia. No tienes miedo de estar desmayado, no tienes miedo de estar dormido, no tienes miedo de estar inconsciente —y no los tienes no por ser muy valiente, sino porque el perfecto computador que llevas en la azotea se detiene por un instante—. Es ese computador, precisamente, el que produce los miedos, las alegrías, los terrores y las preocupaciones en nuestro ser. De hecho, la muerte es un concepto propio del pensamiento, y como ese pensamiento ya no estará ahí… ¿qué he de temer?
Me inclino a pensar que al momento de morir ya no temeré más, ya no sentiré más, ni disfrutaré más; pero tampoco estaré triste por no disfrutar o experimentar las cosas que me rodean, puesto que mi cerebro, simple y sencillamente, dejará de funcionar. No habrá nada: ni siquiera un recuerdo. No me va a doler, no voy a sufrir, ni voy a averiguar qué hay del otro lado. Simplemente, se terminará todo.
La pregunta es: ¿debo entristecerme porque dejaré de existir, o porque dejarán de existir mis recuerdos?
La respuesta es: ¡No! ¡Nunca!
La vida me ha sido dada por quien sea —ya sea por Dios mismo o por un simple accidente—, pero mientras esté vivo y pueda disfrutar de los olores, los colores, los sabores, los sonidos, los sentimientos, de todo, lo haré con todo lo que pueda. Tal vez la consigna sea precisamente esa: disfrutar este regalo que se nos ha hecho, o este error tan hermoso que somos. ¿Y por qué no? Voy a creer en Dios, voy a creer en su reino; y si al morir ese reino no existiera, no podré lamentarlo, porque simplemente no habrá nada que lamentar. Porque no habrá nada.
Mientras pueda, disfrutaré esta vida a lo máximo: esta vida que ha sido mi paraíso tanto en su pasado, como en su presente y en su promesa del mañana.