Era casi la hora de cenar, los demás niños se habían acostado tarde, por la puerta del cuarto del fondo se filtraba la pálida luz del quinqué. José se había quedado solo en el comedor, mientras su atención se centraba en las tiras cómicas del periódico escuchó un ruido crujiente, como si algún fierro se deslizara débilmente sobre el piso. Volteó rápidamente sobre su hombro izquierdo y lo único que pudo distinguir fueron las sombras que se formaban con la poca luz que salía del cuarto de sus padres y las sillas acomodadas alrededor de la sala. No era nada, pensó y volvió de nuevo a sumergirse en su lectura, las risas entrecortadas lo hicieron olvidarse rápidamente de aquel ruido que había escuchado no hacía poco más de unos segundos antes. De nuevo el piso crujió, pero ahora acompañado de un gemido desgarrante. Esta vez, no se atrevió a voltear, solamente levantó su periódico y sin mirar atrás, salió casi corriendo hacia el cuarto de sus padres. No quería voltear, tenía miedo de lo que pudiera ver. El rechinar de la puerta azul, le hizo sentir que su cuerpo se almidonaba, y las manos se le empezaron a poner sudorosas y frías. Al entrar al cuarto, sus padres se quedaron viendo la expresión de terror que reflejaba su rostro. “¡Qué pasa!”, preguntaron alarmados, mientras su padre daba un súbito salto para bajarse de la cama. “NNNadda!”, solo que no se porque, me dio mucho miedo. Puedo dormir aquí con ustedes?”. Su madre aún sin salir de su asombro, estiró los brazos hacia él, los brazos de una madre son la mejor medicina para cualquier situación, pensó, y suavemente se acurrucó en ellos. Su padre ya había checado que la puerta tuviera llave, y de pasó subió las escaleras a la azotea y le preguntó al servicio si todo estaba bien, y el servicio respondió que sí, así que por un minuto, por un minuto tal vez, pensó, que josé había leído algo, o visto algo que le había provocado ese susto, así que de buena manera pasó al cuarto de los otros dos niños, cariñosamente los besó, y regresó a su alcoba. Cuando entró, José dormía plácidamente en los brazos de su madre que entonaba una canción de cuna que le cantaba a José desde que era muy pequeño. “No era nada, esta loco tu hijito”, dijo don Raymundo en son de broma, “Lo mejor es que lo lleves a su cuarto sino vamos a estar muy apretados, no! déjalo mejor lo llevo yo”. Al acostar a José, su padre, lo besó en la frente y le hizo el signo de la cruz en el pecho, José dormía como si no hubiera escuchado nada…aún.
Al siguiente día no hizo nada fuera de su rutina diaria, por más de un momento pensó que aquel ruido había quedado olvidado, pero al llegar la noche, fuera verdad o mentira, sus pensamientos cobran vida y el crujido de la madera contra el piso volvía a escucharse. El segundo paquete de galletas “marías” dieron sus respetos y poco después como por arte de magia desaparecieron. Sus padres aún no dormían, y la luz del quinqué ya estaba por extinguirse. De pronto, lo volvió a escuchar. No solo era un lamento, era algo más que un grito desgarrador, pero lleno de fortaleza. Esta vez, José, se sentía perfectamente bien, “no tengo miedo”, pensó. Al abrir la puerta del cuarto no pudo ver más que un rayo de luna que se filtraba cortantemente. Trato de encender el quinqué, pero el petróleo se había acabado. Cuando se dispuso a regresar a su habitación, lo vió…
Estaba parado sosteniendo un gran pedazo de madera apoyado en su hombro izquierdo. A primera vista no pudo distinguir bien lo que era. Su ropa parecía ser de un color morado rey. Comenzó a llover. Los truenos no tardaron en aparecer. El primero hizo que josé dira un respingón. Ahora observaba su rostro. Estaba completamente oscurecido y por sus mejillas corrían unas gotas de sangre. El pelo le cubría los hombros. Los ojos parecía estar adormecidos. Pero lo miraban fijamente. Estiró sus manos para alcanzarlo. Las dos dejaban ver sendos agujeros. !Jesús!, gritó, – Sí?- la imagen le respondió. El resplandor de un trueno atravesó la habitación. Vio bien lo que traía a cuestas…una cruz. – tu no eres jesús! -, gritó josé en medio de estruendo, la imagen sonreía. – vete, vete!, -. Primero no escuchó lo que había dicho pero ahora distinguió la frase. “Dejad que los niños vengan a mi por que de ellos es el reino”. En medio de su gran pánico logró mover sus párpados y cerrarlos. Pero las palabras ser repetían. “Por que de ellos es el reino”. Una y otra vez. Cuando el ruido de los truenos cesó josé pudo por fin abrir sus ojos. No había nada.
A algunos de nosotros, los demonios, se nos aparecen con cuernos y cola, y algunos de nosotros no.