CAPITULO I
L A P R I M E RA S O M B R A
Todo comenzó con la primera sombra. Antes de ese momento todo el universo era luz, luz transparente como aquella de la aurora que sólo se ve justo antes del amanecer. No había distinciones ni diferencias entre todos los seres vivos; la tierra, el aire, el agua y el fuego eran un sólo elemento. El alma de todas las cosas, su espíritu y su cuerpo unidos, todo en hermandad. Así pasó el tiempo, así los años, así los siglos, así las eras… hasta que en algún momento, tal vez porque la luz se distrajo y se olvidó de alumbrar un ínfimo rincón del universo o simplemente porque así tenían que suceder las cosas, el reinado de la luz que había dado vida al universo… terminó.
El rumor de algo extraño se arrastró entre todos, el rumor de la ausencia, del abandono, un miedo terrible, la luz perdía terreno. El cosmos se partió en dos como una manzana. Nació la noche oscura y misteriosa. Todo tenía una sombra, todo, y la oscuridad creció, alimentándose del olvido de la misma luz distraída. Firmemente fue abrazando la mitad del espacio, del tiempo, como una cascada mojando todo al caer. La armonía del espíritu y el cuerpo empezó a quebrarse. La esperanza se hundía en el mar como una pesada roca. De amor nacía el odio; de lo positivo, lo negativo; de lo frío, lo caliente; del sol, la luna; del agua, el fuego; del aire, la tierra. Todo estaba separado y cada cosa llevaba un nuevo destino.
Comenzaron las guerras, y por donde las sombras pasaban, iban sembrando ira y rencor. Muchos se unieron a esta oscuridad, consumidos por su miedo, por su odio. Así pasaron miles de millones de años. La batalla continuó. El mismo aire se volvía más pesado, el ambiente se cubría en neblinas. El agua se evaporaba convirtiéndose en nubes negras y tormentosas. El mismo fuego consumía planetas enteros para después apagarse y dejar todo en completa oscuridad. La tierra, la madre Urantia, antes llena de luz, se poblaba de pantanos tenebrosos, de grandes sombras bajo los altos árboles de las selvas. El mito se convirtió en leyenda y la leyenda en recuerdo, en un recuerdo vivo, tan vivo como las imágenes que proyectan los espejos.
Poco a poco, el universo fue aceptando su doble valor. Sin embargo, mientras la luz cedía, el poder de las sombras no descansaba. La oscuridad avanzaba creciendo siempre más fuerte, siempre en silencio; como la más oscura pantera. Devorando todo a su paso, apagando cada vela y cada esperanza siempre que podía. Algunos elementos resistieron. El balance estaba en riesgo de perderse, el equilibrio sucumbía. Los seres de la luz, temiendo las fuerzas poderosas de lo oscuro, se unieron y se nombraron a sí mismos Protectores de la luz. Entonces, la oscuridad también hizo lo suyo; en el rincón más frío y negro del universo, nacieron los Destructores, ellos mismos se nombraron así porque esta era su esencia: destruir a la luz. Ellos no descansarían hasta apagar los soles, los relámpagos, las luciérnagas, todo lo que tuviese luz, todo lo que reflejara la luz, todo lo que creciera con la luz. La luz era… su enemiga más odiada.
Los Protectores sabían que el mal no iba a descansar. Temían de lo que podría pasar cuando ellos desaparecieran y dejaran de proteger a la luz. La armonía en la que habían vivido se había terminado. Ahora tenían que luchar. Pero su naturaleza amorosa se los impedía. Ellos protegían la vida pero las sombras avanzaban, queriendo borrar todo el brillo del cosmos. Preocupados por el destino del universo, tomaron una difícil decisión: debían dedicar todo su esfuerzo para encontrar una fuente de luz eterna, una luz especial que naciera aun en las más profundas tinieblas.
Tenían que encontrar esa fuente, el manantial de donde saliera toda la luz. Que por los siglos de los siglos, por todos los días, años y milenios, por todas las eternidades cósmicas, mantuviera viva la esperanza.
Empezaron entonces su búsqueda. Esta tenía que ser una búsqueda sabia, luminosa como el más bello de los diamantes. Viajaron a todas las galaxias y conocieron infinidad de planetas, de dimensiones que se multiplicaban en sí mismas y una multitud de especies. Por que, en el universo, hay más de lo que todos conocemos. Hay seres tan extraños que tienen pies en las orejas y sonrisas en las manos. Rincones tan sorprendentes que en un grano de arena viven millones. Seres que no necesitan respirar y que se alimentan de piedras. Criaturas sorprendentes y mundos maravillosos que nadie había visitado. Los protectores, sorprendidos de la gran belleza del universo, buscaban la solución. Pero mientras esto ocurría, muchas estrellas se apagaban y sus cenizas caían en la oscuridad como lágrimas secas. Por fin, después de reuniones y más reuniones para llegar a un acuerdo, hallaron la respuesta. Un lugar mágico donde la luz podía surgir de la noche más oscura, tenebrosa y lúgubre. Esta luz estaba protegida de la vista de los destructores, pues era necesario tener bondad para poder verla. Sin luz hay oscuridad y sin bondad la maldad cubre el espíritu de cualquiera. Los Protectores de la luz lo sabían muy bien, porque la oscuridad no es más que la ausencia de luz.
El Protector más sabio de todos recorría con el pensamiento su viaje por los confines del Universo. Cuando estaba más concentrado escuchó a uno de sus hermanos que murmuraba algo. Parecía cansado, como cuando alguien camina una distancia muy grande. Se acercó a él, era el Protector Explorador y escuchó lo que decía: “Lo he encontrado”. El Protector Sabio lo escuchó atentamente y casi de inmediato llamó a la Hermandad Luminosa a una reunión y les dijo:
– En el tercer planeta del sistema solar, vive una especie que se conoce como humana, y nace llena de amor, alegría, bondad e inocencia, aunque muchas veces, al crecer, van perdiendo estas cualidades, poco a poco, como una vela se apaga poco a poco. Sin embargo, los pequeños humanos tienen un gran poder que se llama la Imaginación. Ahí la luz nace y renace, nace y renace infinitamente, sin importar que esté rodeada de oscuridad. La imaginación de estos pequeños humanos es la respuesta a nuestro problema.
Éste era el lugar que habían estado buscando, sin embargo, la confusión reinaba en la Hermandad Luminosa.
– ¿Entonces, debemos proteger a la imaginación de todos los seres humanos? – le preguntaron al Gran Sabio. –La de los pequeños solamente, pues solo ahí, aseguramos que esta esté limpia, libre del mal y la oscuridad. – contestó pensativamente. –Sin embargo – continuó – ¿Será posible que sin la imaginación, la luz no tiene esperanza alguna de sobrevivir? ¿Cómo proteger, de los destructores, algo tan importante?
Todos se miraron buscando en sus hermanos nuevas ideas, y de pronto éstas comenzaron a surgir.
– Podemos poner la imaginación en una caja, protegida por miles de diferentes sortilegios y de magias, así como de escondrijos laberínticos para ocultarla de todos los destructores que desean aniquilar nuestra esencia, nuestra luz –opinó uno.
Algunos estuvieron de acuerdo. Pero el Protector Explorador, que como bien sabemos era el que había encontrado a los humanos, explicó que eso no serviría, puesto que la imaginación no debe tener fronteras ni puede estar encerrada, además, se muere cuando alguien la quiere controlar. Ella debe estar en un sitio donde esté libre y sea lo que es: la creadora de mundos, de universos enteros. Debe estar en un sitio donde pueda expandirse sin obstáculo alguno.
El Gran Sabio exclamó emocionado:
– ¿Y si la ponemos en una esfera mágica que crezca conforme la imaginación lo necesite?
Muchos estuvieron de acuerdo. Parecía que el problema de mantener la imaginación protegida y en completa libertad, había sido solucionado. Sin embargo, otras cuestiones estaban pendientes ¿Quién cuidaría la esfera de la imaginación cuando ellos ya no estuvieran? ¿Cómo lograrían pasar toda la información a sus sucesores? ¿Quiénes serían éstos si los seres llamados humanos pierden la luz de la inocencia cuando crecen y algunos hasta la misma imaginación?
– Debemos dejar una guía, un escrito secreto que confunda a los destructores, para que cuando ellos quieran tomar la esfera y destruirla no logren hacerlo. O mejor aún, un libro de profecías que ayude a quien cuide la esfera. Un libro con nuestra historia.
– ¡Exacto!, y propongo, además, que la esfera la cuiden los Elfos – exclamó uno.
– Los Gnomos son muy simpáticos, no veo por qué ellos no puedan hacerlo – gritaban otros llenos de euforia por tan maravillosas ideas.
Más rápido que pronto, todos estaban opinando. El bullicio era tan grande que empezaron a estallar relámpagos y centellas en todos los mundos, en todos los universos, en todas las galaxias.
-¡Silencio! –pidió otro de los Protectores que se había mantenido callado. -La solución es encontrar todo un mundo donde la imaginación esté a salvo, un lugar hermoso, fuerte y valiente, muy valiente, sin la más mínima mancha de odio, ya que éste es el enemigo acérrimo del amor. Pero que sea, al mismo tiempo, humilde, lleno de justicia y de inteligencia. Y libre, sobre todo muy libre de toda oscuridad. Necesitamos al más poderoso de nuestros mundos
Todos escucharon atentos y asintieron porque muchos intuían la respuesta; ese mundo era el de Gondra, el mundo de los Dragones.