El invierno estaba justo a la mitad y todo nuestro grupo se replegó a las tiendas temprano a dormir. Los rostros de frustración en algunos muchachos crecía a medida que la nieve tapizaba el suelo del bosque. El propósito del campamento de invierno era divertirse, y créanme que la diversión brillaba tanto como el sol en una noche de luna llena. Después de haber pasado los primeros tres días de quince que duraba el campamento jugando dominó, los muchachos comenzaron a preguntarse si la helada terminaría a tiempo al menos para tomar una buena foto del oso pardo que era típico merodeador de ese hábitat natural. Los jefes de manada empezaban a considerar el hecho de tener que terminar la excursión y con el fin de analizar la situación, encendían una fogata y platicaban hasta entrada la madrugada, guardándose del frío con una botella de ron que al final de cada noche les hacía quedar profundamente dormidos. La mañana de nuestro cuarto día nos dio nuevas esperanzas acompañadas de un sol que comenzó a brillar justo a la mitad del firmamento. Todos empezamos a recoger las tiendas y preparar nuestras mochilas, los jefes, que por cierto no tenían muy buen semblante, comenzaron a ordenar a los 17 muchachos que formábamos la expedición. El grupo fue separado en dos, la avanzada constaba de 5 jóvenes y dos jefes de manada, los 3 jefes restantes irían siguiendo muy de cerca nuestras huellas, exactamente a 500 metros.
Conforme empezamos a ascender el frío se volvió más seco y las inclemencias del clima nos hicieron detenernos hasta la mañana siguiente. Por ser yo uno de los más viejos integrantes del grupo, fui seleccionado para ir en la avanzada, esto en vez de ser un privilegio era sin duda más trabajo, por que nos correspondía colocar casi todas las tiendas y para colmo cocinar. Pero más mal que bien estábamos felices que después del tiempo perdido tres días atrás por fin nos estuviéramos moviendo hacia lo que llamaban “el techo”.
El techo es una montaña que esta aproximadamente a unos tres mil metros sobre la altura del mar. Se le llama así por que vista de frente da la impresión de formar con su parte más alta una capota inclinada que cubre con su sombra la mayor parte de un plano que la rodea. La montaña es realmente un reto para cualquier alpinista novato, ya que no se puede escalar por la parte de atrás o por los bordes a causa de la nieve que se deposita en lo que sería su lomo, ya que esta se mantiene en constante movimiento a causa de el ángulo de inclinación de la montaña. Provocando así diversas avalanchas y hundimientos que podrían dejar sepultado al mejor alpinista con una enorme capa de nieve encima, al contrario por su parte frontal la hace una más de las montañas de entrenamiento para jóvenes alpinistas.
La alarma de mi reloj sonaba insistentemente avisándome que un nuevo día empezaba. Al salir de la tienda me di cuenta que había programado la alarma un poco más temprano que lo normal por que nadie estaba despierto aún, ni siquiera los jefes de manada. El sol brillaba hoy aún con más esplendor que el del día anterior y el fabuloso espectáculo de kilómetros y kilómetros a la redonda tapizados de blanco me hicieron experimentar un sentimiento de extravío. Suspiré profundamente cuando justo de tras de mi sentí como alguien me golpeaba el hombro. – bueno, bueno, y a ti que te picó que estás levantado tan temprano? -, debo confesar que me asusté un poco pero al voltear lo único que pude hacer fue reírme y contestar las pregunta lo mejor posible. – lo mismo que a ti bestia, casi me matas del susto! -, – ya! apoco te asusté? -, – como vas a creer!, si todavía estoy jalando aire! -, Manuel era un poco más alto que yo, tenía unos enormes ojos color azul que al reflejo de la nieve se veían casi cristalinos. Su cabello era castaño claro y su timbre de voz era agudo, tomando en cuenta que a los 23 años la mayoría de los varones tenemos voz gruesa, pero con Manuel no era así, el seguía teniendo la misma voz chillona de cuando éramos niños. A Manuel o Mino por aquello de minino, lo había conocido en la primaria y desde ese entonces nos habíamos vuelto inseparables. Empezamos a platicar sobre los demás integrantes del grupo, del cual solo conocíamos a uno más que era amigo nuestro y que nos conocía de la misma escuela y compartía nuestra misma edad, todos los demás, exceptuando a los jefes de manada que ya los conocíamos por habíamos asistido a dos campamentos anteriores, exceptuando a ellos todos los demás eran unos soberanos desconocidos para nosotros tres.
Javier se levantó tarde como era su costumbre y se quedó sentado dentro de su cabaña con aspecto de no estar ahí, completamente tranquilo y sensiblemente asueñado, mantenía la vista fija en el horizonte. De repente pum!!, una enorme bola de nieve se estrelló en el rostro de Jifa (así solíamos decirle, por que parecía una jirafa por lo alto y la forma de caminar), los ojos negros azabache se enrojecieron de coraje y comenzó a recordarnos a Manuel y a mí todo nuestro árbol genealógico, mientras este y yo nos revolcábamos de la risa, lo suficientemente alejados para evitar cualquier venganza de Jifa. Poco después de limpiarse toda la nieve de la cara, comenzó a caminar hacia las cajas de víveres, tenía su espesa cabellera negra, completamente llena de nieve y a cada paso que daba decía una grosería. – Javita?, no te enojes fue una broma estudiantil! -, dijo Mino soportando volcarse en risas. – Bromita!, ni que Bromita esas son fregaderas! -, replicó Javier mientras asomaba la cabeza en una caja color amarillo. Cuando lo noté un poco más calmado, le pregunté, – Que te parece el diíta?, estas dispuesto a impermeabilizar el techo de nuevo, Javito?-. Se quedó completamente quieto al escuchar mi pregunta, sin moverse mantenía las manos y la cabeza metida en la caja. – Mino, échame una mano aquí por favor -, dijo. Al agacharse Manuel, solo pude ver como daba un brinco Javier rociandolo con espuma para rasurar, – Tu mamá Javier!! – gritó Manuel mientras se frotaba enérgicamente los ojos. La risa se me ahogó por completo cuando vi a Javier que corría hacia mi gritándome – Y tu ven para acá, Gallina -. Todo parecía ir en mejoría, los ánimos aparecían de nuevo y el sentimiento de una mala excursión comenzaba a desaparecer.
Los jefes de manada se nos quedaron viendo y por fin beto el mayor de ellos, aproximadamente de unos 32 años hizo sonar su silbato. El sonido nos puso a los tres de píe volteando a ver mientras que el nos miraba reprobatoriamente, para después darse la vuelta y dejarnos solos hechos unos asnos. De cualquier manera Beto sabía bien que nos importaba poco lo que nos dijera, pues ya antes había tratado con nosotros y nos conocía muy bien.
Los demás muchachos se levantaron momentos más tarde, al parecer al sonido del silbato no les había molestado mucho, al ver la claridad de la mañana, casi todos comenzaron a recoger el campamento y alistar su equipaje, para dirigirse al fin a ‘el techo’. Los más pequeños formados ya en fila aguardaban impacientemente la señal que indicara que la avanzada estaba a distancia para que ellos empezaran su recorrido. La mañana lucía hermosa, y todo parecía ir lo mejor posible.
Mino, Jifa, y yo, fuimos los primeros en escalar el famoso techo. Poco después, los demás compañeros luchaban para lograrlo. Ese día, los instructores solamente los dejaron escalar y descender diez veces. Era lo usual para tener un conocimiento amplio sobre la montaña. Cuando lograbas completar tus diez turnos podías estar seguro de que tenías el secreto de “el techo”. Al menos el secreto de la parte de enfrente, por que el de la parte de trasera la de arriba, nadie parecía tenerlo.
El día siguiente todo paso sin problemas con una excepción. Una muchacha, que por cierto era la única en el campamento, que les aseguro no sufría peligro por parte de ninguno de los hombres que estábamos, ya que era más desagradable que una espina en la garganta. Esa muchacha jaló mal su carrete de tensión y desgraciadamente cayó de aproximadamente unos 5 metros de alto. Se fracturó un brazo, pero de estar sentada observando a los demás no pasó. Ese Viernes, sentí que ese era el mejor lugar para estar. Estaba seguro de que nunca lo olvidaría, y así fue.
El sábado todo parecía estar tranquilo, hasta que los jefes de manada nos pasaron lista a todos nosotros. Conforme los jóvenes gritaban presente, pasaban a retirarse a sus tiendas. Eran las cuatro de la tarde, la hora de la comida. Mientras yo meditaba sobre lo eterno que parecía el paso del tiempo en aquellos lugares, algo me arrastró de mis pensamientos. Era un nombre. Un nombre que se repetía constantemente.
– Martínez balde….Martínez balde….Pedro!- no hubo respuesta, solo una voz se levantó entre los murmullos de muchas más. – no bajó profesor!- dijo. – como que no bajó!, adonde se fue?- inquirió beto. -Dijo que iba a bajar por la parte de arriba…traté de persuadirlo para que no lo hiciera pero creo que no sirvió de mucho….lo siento!, por favor no le diga que lo acusé-. El ánimo del grupo se torno tenso. Los jefes de manada decidieron que beto y unos acompañantes subieran por Pedro. Pepe, el más joven de todos ellos, lanzaba improperios y pateaba la nieve. “Pinche chamaco!, le va ir muy mal cuando se las vea conmigo!”.
Beto estaba listo para emprender la marcha, cuando mino y su enorme bocona decidieron ofrecerse para ir con el. Jifa se les unió. No esperé mucho para hacer lo propio. Pepe nos ayudó a tensar la cuerda gruesa y de color amarillo canario que nos mantendría unidos durante el ascenso y descenso. Era algo así como nuestro cordón umbilical.
Las cinco de la tarde eran demasiado pesadas, sobre todo en la parte donde acababa la escalada y comenzaba el descenso. El viento resonaba en mis oídos. Mis ojos no podían distinguir nada más que el blanco espeso que formaba la nieve que levantaba la fuerza del aire frío. Aún así continuamos. Lo único que nos detuvo fue el grito de beto, poco después de escuchar como crujió algo. En el momento que el crujido se escuchó, solo pude pensar en los chicharrones que solía hacer mi tía cleta. Lo que escuché era idéntico a el crujir del chicharrón cuando lo muerdes. -Beto!, beto!, que pasa?, estás bien!!?- gritaba jifa. -Es mi pierna- contestó beto – no creo que pueda seguir-. Pepe lo sostuvo entre sus brazos y lo ayudó a incorporarse. – esperen aquí, estén pendientes por si ven a Pedro, no tardo en subir de nuevo…- sentenció pepe y comenzó a bajar con beto.
Mino se aclaró la garganta y comenzó a dar vueltas de nuevo. La temperatura bajaba cada vez más. Nos empezamos a sentir cansados de caminar en círculos tratando de no enfriarnos tanto. No se escuchaba nada. Mucho menos se veía. Al poco rato los tres decidimos bajar por el lado donde no debíamos bajar y encontrar a Pedro. Si esperábamos más a pepe, con toda seguridad Pedro que era un novato se congelaría, y nosotros junto con el. Comenzamos el descenso.
Conforme bajábamos empezamos a cantar. De esta manera sabríamos exactamente donde estaba cada quien. Manteníamos la cuerda de cadena tensa. No sentíamos tanto miedo como preocupación por el muchacho extraviado. Si contábamos con algo de buen destino, lo encontraríamos y en menos de una hora estaríamos abajo. Solo nos faltaba la mitad del camino.
Cuando dejé de oír la voz de mis dos amigos, comencé a tirar de la cuerda de cadena. No estaba tensa. En un extremo estaba lo que solía ser una de las argollas del cinturón de jifa. En el otro no había nada. Comencé a gritar. Mis gritos se agrandaron. Mi desesperación subió de tono. Tenía que encontrarlos. Tenía que buscar ayuda. Empecé a correr ladera abajo, y caí. No había sido un resbalón, había tropezado con un bulto. Era jifa, temblaba. Trate de calmarlo, lo levanté y lo lleve a cuestas pendiente abajo. Una vez a salvo lo dejó en una enorme roca que había en la falda de la montaña. Volví a subir por donde no debía, comencé a buscar a mis amigos. Gritaba sus nombres. Mino por fin contestó. -Mis manos!, ¡mis manos!, no siento mis manos- gemía desesperado. Pensé que por el frío se le habían entumecido. En efecto, una si estaba entumida, pero la otra no estaba. A un costado de él se hallaba lo que solía ser su mano. El frío la había congelado y al tratar de impulsarse para salir del hueco donde había caído, simplemente se le desprendió. Lo abracé con cuidado. Empecé a pensar que si lo llegaba a apretar demasiado se partiría en dos. Lo dejé junto a la misma roca en la parte de abajo, y volví por Pedro…y por la mano de mino….Esta vez caminé casi hasta llegar a la corona de la montaña, sin haber encontrado nada. Cuando regresaba, el piso que se extendía debajo de mí se derrumbó. No sé con exactitud cuánto tiempo estuve atrapado. Traté de moverme lo más que podía, no era mucho. Solo pensaba que tenía que salir de ahí. Mino y jifa estaban abajo, probablemente ya muertos del frío, Pedro debía estar convertido en un enorme cubo de hielo, pero aún así debía salir y ayudarlos!, y la mano, la mano! Estaba seguro de que saldría de esta. Logre encoger mi cuerpo y colocar mis piernas en la capa de nieve que me impedía salir. Comencé a patearla. Pero no se movió. Me sentía cansado. Perdí toda esperanza y preferí dormir. Quería morir sin darme cuenta de que estaba muriendo. El silencio era sepulcral. Justo en un punto entre la muerte y la vida, la tierra comenzó a moverse. La nieve emitía un sonido agudo como aquel que hacen dos uniceles al friccionarlos. Todo comenzó a moverse, y comencé a rodar. Quería morir tranquilo, por que justo en ese momento tenía que ocurrir todo esto, de seguro quedaría aplastado con millones de toneladas de nieve encima de mí. Todo había terminado. Estaba muerto…
Cuando el ruido cesó me di cuenta de que aún vivía, y además de que podía moverme, y no solo moverme sino que volaba, sí!!, volaba!! Mis ojos contemplaban toda el área que habíamos pasado momentos antes. Era una vista aérea inigualable. Me sentía en paz. No existía el sonido. El suelo parecía tan lejano. De repente se comenzó a acercar. Comencé a caer en picada. La velocidad era impresionante. Cuando vi el suelo cerca sentí que la garganta me ardía. Cerré los ojos y Tosí con fuerza. Al abrir los ojos pepe me miraba asustado. Estaba completamente pálido su rostro parecía estar envuelto en un color lechoso que se veía más escandaloso por el contraste que le daba el nylon del la casa de campaña. Estábamos en la casa de campaña!, vivía!, vivía!, pepe derramaba lágrimas por sus mejillas aunque su cara dibujaba una enorme sonrisa. -Diablos! Por un momento pensé que morirías, te encuentras bien? – preguntó con entusiasmo. -Y jifa?, y mino?, donde está Pedro?- pregunté. – están afuera – contestó pepe – quieres que les hable? — están bien no es así?, quien encontró a Pedro?, como está Manuel de su mano?…las preguntas volaban disparadas de mi boca.
– si Pedro no se ha perdido, y mino no tiene nada en la mano, no desvaríes huey!
– como carajos no!, entonces como baje de la jodida montaña!, como me recogiste cuando la avalancha me arrastró ladera abajo, eh?, por que estoy aquí tirado?
– ni avalancha ni una madre, te dormiste con la tienda abierta y hoy en la mañana tenía una fiebre de más de 40 grados!, creo que te dejó idiota!
Ese día después de que la fiebre cedió, y de que Manuel me enseñó su “nueva” mano. Todo había sido un sueño. Estaba completamente tranquilo. ¡Todos estaban bien, yo estaba bien!. Que felicidad. Una vez que controlé mi alegría salí de la tienda y me senté a tomar café con los jefes de grupo. Se rieron de mí hasta el cansancio. Mi aventura parecía se la historia de un payaso. No les preste atención. Fue cuando me aparté de ahí que una idea golpeó mi mente.
Al siguiente día, ya me sentí demasiado bien como para quedarme encerrado en la tienda. Además tenía algo que hacer. Subí a la cresta de “el techo”, y esperé. La nieve comenzaba a ponerse gruesa. La temperatura aún no era tan baja, pero el frío comenzaba a calar. Fue cuando lo vi.
– adonde vas!!?….le dije
– a ningún lado!!…..contestó asustado
– regresa con los demás ahora mismo…..le ordené
– esta bien….contestó desilusionado
– ah! Y una cosa más…-le dije- no quiero volverte a ver que pasas por aquí entendiste?
– si Jorge, lo siento, no volverá a ocurrir
– eso espero Pedro.
Todo lo que quedaba del campamento pasó inadvertido. Los novatos se divirtieron de lo lindo. Manuel, Javier y yo nos volvimos expertos jugadores de dominó, y Pedro regresó a los brazos de su madre sano y salvo. Muchas veces he pensado que lo que soñé me ayudó a salvar una vida. Tal vez así fue o a lo mejor Pedro no estaba haciendo “nada” por ahí. La verdad es que así me gusta recordarlo. Solo por mantener mi cordura. Así no, enloquezco, ni lloró tanto cuando visitó mis tres tumbas…