Cuentos de Cuna para Adultos

Una serie de cuentos por Pablo Eduardo Ibáñez López

Lú sintió que un ligero escalofrío recorría su cuerpo. Llevaba más de cinco días trabajando sin descansar. A pesar del esfuerzo mental que requería esta tarea, Lú no podía dejar de hacerse preguntas. ¿Cuánto podía dormir una niña de diez años? ¿Dónde estaban Roberta y Sam? ¿Por qué no habían venido? ¿Cuánto tiempo más tendría que seguir trabajando? Muchas interrogantes, ninguna respuesta. Lú era muy joven y por eso había cosas que todavía no comprendía. Reglas que la ignorancia le imposibilitaba respetar. Suspiró rendido ante su suerte y volvió a concentrarse en realizar su trabajo de la mejor manera posible. Estaba extenuado pero gracias a su juventud, tenía el ímpetu suficiente para continuar su labor sin contratiempos. Pasaron así cinco días más. Cinco días de un silencio abrumador y lleno de preguntas. La entereza del eficiente Lú se agotaba.

Al onceavo día, su desesperación alcanzó el punto más frágil, miró fijamente como Fil estaba de pie impávido frente a Gabriela. La pequeña de diez años no se movía desde hacía más de una semana. El cuarto estaba helado, diez y seis grados exactamente. Lu, apoyado en la pared, espetó un refunfuño muy tenue. Como probando estrella, pero nada ocurrió. Gabriela no se movió. Su piel que habitualmente era blanca, se había puesto de un tono morado cano. Sus mejillas que cada mañana parecían dos hermosos tomates ahora se aplastaban por debajo de sus ojos. Su cabello dorado seguía igual de bello, pero ahora estaba inmóvil. Lú volvió a hacer ruido. Nada, Gabriela seguía recostada en silencio y Fil no daba indicaciones de querer comunicarse con él. A diferencia de Lu, Fil estaba descansando aunque siempre estaba prevenido. Su alargado cuerpo lo hacía lucir majestuoso. Sin embargo, lo extraordinario de Fil consistía en ser una clase de fuente inacabable de conocimiento con la que Lú podía llenar los estantes vacíos de sus miles de preguntas. Fil se jactaba de saberlo casi todo. 

A pesar de ser muy diferentes, Lú y Fil se habían hecho muy buenos amigos. Se conocieron hacía no más de tres años. Fil, ya estaba en su lugar cuando Lú llego a ocupar la vacante que había dejado Carrie que había sido transferida a otro departamento. A juzgar por los comentarios de Fil, Carrie y él no se habían entendido muy bien. Las razones eran muchas, pero Fil a menudo comentaba que Carrie se quejaba mucho. Lú al contrario de la antigua responsable del puesto, era silencioso, eficiente y rápido. Esto agradaba mucho al amable Fil que, a pesar de algunos momentos especiales del día en los que las preguntas parecían brotar como lava del inexperto Lú, lo trató muy bien desde el primer día. 

En la habitación donde Lú y Fil realizaban su trabajo, también lo hacían Roberta y Sam. La primera sólo parecía estarlo supervisando todo, ya que entraba y salía de la habitación durante la mañana. La pobre Roberta padecía de una alergia tremenda al polvo, por lo que no desaprovechaba la ocasión para toser a todo pulmón al entrar a un cuarto. Esto le parecía a Lú chistoso pero a Fil le irritaba mucho. Muchas veces, ya que Roberta había abandonado la habitación, el delgado Fil quedaba tan molesto que el rostro se le desfiguraba. Como era obvio esto divertía aún más a Lú, que siempre terminaba por tranquilizar a su amigo. 

Por otro lado, Sam era un compañero muy raro…

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Pablo Eduardo Ibáñez López

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