ALL AND EVERYTHING


Empecé a pintar hace un mes, así que por favor perdonen mis limitaciones como pintor. Solo deseo expresar lo que siento; no he tomado clases, pero estoy empezando a disfrutarlo muchísimo. Esta es la primera pintura en la que de verdad siento que pinté sin pensar. Se llama All and Everything.

Porque lo que quise decir es que la mujer es, para muchos de nosotros, el todo de todo, el todo y el todo (All and Everything).

La modelo de esta pintura es mi esposa, Isabella, y hoy celebramos 13 años de matrimonio. He dado todo lo que soy para hacer de nuestro matrimonio una aventura llena de amor. Juntos hemos vivido años intensos, pruebas, cambios, dolor, aprendizaje y redención. Y mientras más camino a su lado, menos me siento un héroe, y más descubro que he sido yo quien ha sido rescatado.

Por eso, en la pintura, mi mano intenta alcanzarla. Quiere tocarla, rozarla, llegar hasta ella. Quiere expresar amor, asombro, devoción. Pero esa misma mano también carga otra verdad: es la mano de un hombre. Y yo no dejo de ser hombre. A veces parece una caricia; a veces parece una amenaza. A veces busca amar; a veces parece poseer, asfixiar, controlar. En esa ambigüedad está el corazón de la obra.

La mujer ha sido, para el hombre, el origen de la belleza, del deseo, de la ternura, de la inspiración y del sentido. Por las mujeres hemos escrito poemas, compuesto canciones, construido imperios y también los hemos destruido, pintado lienzos, tomado fotografías, hecho promesas, peleado guerras, rezado, trabajado, soñado, caído de rodillas y vuelto a empezar una y otra vez de todas las maneras en que la historia ha permitido combinar las palabras. Las mujeres han sido madre, amante, esposa, hija, refugio, memoria y esperanza. Han sido presencia y ausencia. Por encima de todo, han sido motivo.

Y, sin embargo, en esa misma historia de amor, admiración y dependencia, también está escrita nuestra vergüenza más profunda.

Porque nosotros los hombres, que tan a menudo decimos amar a las mujeres, también hemos sido sus agresores más constantes. Las hemos cosificado. Las hemos reducido al cuerpo, al silencio, al papel que nos conviene. Les hemos impuesto reglas imposibles; hemos construido un mundo en el que incluso pueden llegar a juzgarse a sí mismas a través de los ojos con los que nosotros las hemos juzgado. Las hemos golpeado, humillado, silenciado, acosado, manipulado, violado, drogado, usado, abandonado y asesinado. Las hemos amado monstruosamente. Las hemos querido cerca, pero no siempre libres. Las hemos querido nuestras, en lugar de quererlas plenas.

Esta contradicción brutal me obsesiona: las mujeres son tanto para nosotros los hombres, significan tanto, mueven tanto dentro de nosotros, que incluso hoy todavía no terminamos de aprender cómo amarlas sin herirlas, sin invadirlas, sin controlarlas, sin temerles. Y en ese fracaso, algunos hombres terminan rotos, confundidos o enloquecidos, porque no saben amar sin poseer, no saben admirar sin exigir, no saben necesitar sin destruir.

Creo que amar verdaderamente a una mujer no es tenerla. No es confinarla. No es apagarla para sentirla cerca. Amar a una mujer es aprender, cada día, a no convertir el amor en peso, ni la cercanía en miedo, ni la devoción en prisión. A todas las mujeres, les deseo un amor paciente, libre, digno y seguro, y la gracia de enseñar, a través de ese amor, al hombre que esté a su lado cómo amarlas. Es la misma clase de amor con la que mi esposa, a través de su paciencia, su luz y su verdad, me ha enseñado a amarla a lo largo de estos 13 años de matrimonio.

Qué gran aventura ha sido amarte cada día Isabella. Eres es el amor de mi vida, como te lo digo todos los días. Qué orgulloso me siento del amor que hemos construido juntos. Qué feliz me hace saber que, aunque soy hombre, has podido vivir tu vida a mi lado sin miedo constante.

Feliz aniversario, amor mío. Te amo tanto que todas estas palabras y todos estos brochazos no son más que el aire que lleva un suspiro por ti.

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Pablo Eduardo Ibáñez López

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