El regalo a quienes amamos

El regalo a quienes amamos

Me siento tan mal en este momento que me quiero morir para no sentir. No, eso es mentira. Quiero vivir sin berrinches. Los míos. Quiero dejar de ser la persona que pierde el control, que se enoja con su situación —la que sea que tenga— y decide maltratar a quienes “más quiere” para descargar su coraje. Debería decir, no los que más quiero aunque lo sean, sino los que más están dispuestos a aguantar mi vómito, mi coraje, mi oscuridad, mi mierda. Ya sea un hijo que aguanta mi exabrupto, o una esposa que aguanta mi agresividad pasiva y mis malos tratos, ya sea un hermano que recibe lo que yo no sé procesar, solo porque encuentro en él lo que yo mismo quisiera tener.

Ese tipo de exabruptos son como un río de ácido que destruye todo a su paso. Un río que quema el amor de otros hacia mí, y que provoca huecos tan profundos en su ser que terminan por vomitar su propio río sobre los que ellos aman. Y así se reproduce. Porque no hago esto frente a desconocidos o amigos —no me atrevo— no tengo estas diarreicas intervenciones frente a quien sé que no estará dispuesto a aguantar mi acidez, mi mierda. No, se las hago a quienes supuestamente estoy dispuesto a dar la vida por su felicidad.

La realidad es que de alguna forma les estoy diciendo: te amo tanto, mira qué cosa tan podrida y fea tengo aquí, mira cuánta tristeza, cuánto odio, cuánta frustración he guardado, y mira cuánto me duele, cuánto me molesta. Aquí tienes —porque tú eres tan especial para mí— te lo regalo: te doy mi dolor, mi molestia, mi frustración, mi tristeza, mi odio. Todo en forma de un grito, o un reclamo, o una critica, algo que duela y lastime. ¿Acaso te lastima? No te preocupes, ya tendrás a alguien que te entregue el corazón, incluso inocentemente, y podrás también pasarle toda la mierda ácida y podrida que yo, con todo mi amor, te estoy pasando a ti ahora mismo.

¿Qué sería del mundo si yo no le hiciera esto a mis hijos, a mi esposa, a mis hermanos? ¿Qué sería del mundo sin este río ácido que, en vez de hablarse, expresarse, analizarse y desmenuzarse con la esperanza de diseccionarlo tanto que quede pulverizado por completo, termina guardándose y cargándose escondido bajo mi propia excusa de no saber hablar las cosas? ¿Qué sería del mundo sin esto?

El perdón como eje de un posible final para este pensamiento es lo que queda en lugar del silencio. A ese perdón hay que llegar a través de la realización de que yo me equivoco. Que no soy tan infalible ni tan especial como para creer que mi propia mierda no apesta, olvidando la regla más importante de la vida: que toda la mierda de todo el mundo apesta. La mía también. Por eso el perdón es la herramienta y, realmente, el elemento disruptor de esta ilusión. Un perdón a quienes me hicieron su amable y pútrida donación, un perdón a mí mismo por lo que he cargado sin procesar, pero finalmente un perdón de rodillas, casi rogado, a quienes con amor inocente y bueno decidieron amarme tanto que, sin saber las consecuencias, recibieron, reciben y recibirán este especial y horripilante regalo mío.

Inténtalo conmigo.

Díselo a esa persona o personas, solo una vez.

Si se puede.

Dilo, cada vez.

PER-DÓ-NA-ME.

Perdóname.



The Gift for Those We Love

Posted by

Pablo Eduardo Ibáñez López

Facebook
Twitter
LinkedIn