SILENCIO

SILENCIO

Han pasado ya poco más de 15 días desde mi cumpleaños. 51 primaveras, literalmente. Aquí, en el autoexilio, en búsqueda de refugio, a mi edad, ya son más los libros y las historias que recuerdo que los que actualmente leo. El tema de hoy, amadísimos lectores, no es otro que una nueva pintura del inexperto que es su amigo. Esta ocasión, al igual que recientemente, he dedicado mucho tiempo a la autorreflexión.

Recientemente, se ha vuelto evidente para mí lo mucho que me cuesta estar callado, lo difícil que se ha vuelto el silencio para mí. Incluso ahora, mientras escribo, debo, cuasi per forza, leer en voz alta las palabras para continuar la permanente conversación conmigo mismo que, al parecer, se halla ahora abierta a cualquiera que vaya pasando por donde estoy. La realidad es que desde que dejé de fumar se ha abierto un grifo interminable de palabras, palabras que ejercían una enorme presión sobre mí, tanta que extinguieron el fuego de mi eterno cigarro. Cuatro meses casi sin aspirar el humo silenciador. En medio de ese borbotón desordenado de ideas, la estructura era tan fútil y abrumadora que apareció la pintura, como aparecen las cosas importantes: sin avisar, sin pedir permiso, como si siempre hubieran estado ahí, esperando su turno.

La “obra” o pintura que acompaña este texto se llama Silencio. Porque eso fue lo que viví durante muchos años: silencio.

No un silencio de paz ni de contemplación, sino el tipo de silencio espeso que se queda flotando en los cuartos después de conversaciones que nunca ocurrieron.

Como diría el afamado musical de Broadway Hamilton: “Nadie más estaba en la habitación donde ocurrió”.

Así pues, es ese silencio espeso que se queda flotando en esas habitaciones donde estuve y las cosas ocurrían. Silencio que no descansa en la boca, sino que se instala en los huesos y aprende a respirar con uno.

En la pintura estoy yo. Es un autorretrato.

Estoy con los ojos cerrados, como quien duerme, pero no duermo. Hay una diferencia que el cuerpo aprende con el tiempo: cerrar los ojos no siempre es descansar; a veces es resistir, otras es soportar, algunas más es, en medio del terror, esconderse, desaparecer. A veces es la única manera de no ver lo que no se puede cambiar, o lo que no se debe decir.

De mi boca sale humo. Ese humo es la única forma que encuentra mi voz para salir sin traicionarme. Palabras que se vuelven ese aire espeso, niebla, algo que ocupa espacio pero no deja evidencia. El humo no acusa, no señala, no deja testigos. Se disipa con la misma rapidez con la que uno aprende a callar. El humo cubre y deforma y cambia. Cambia porque el silencio tiene consecuencias. Callar va moviendo la cara de uno, va desdibujando sus contornos, va convirtiendo la propia identidad en algo incierto, como si uno fuera poco a poco borrándose a sí mismo para no incomodar al mundo y así poder sobrevivir en él. Quizás, tal vez como esas reglas que nunca se escriben pero que todos entienden.

Arriba del cuadro está la palabra “Silencio”. Y debajo de esta, casi como si alguien la hubiera dicho en voz baja para no despertar a nadie, está la frase: “que están”. Un recuerdo al bolero de Rafael Hernández Marín (Puerto Rico, 1932): “Silencio, que están durmiendo, los nardos y las azucenas, no quiero que sepan mis penas, porque si me ven llorando morirán…” Hermosísima canción que ha rondado en mi cabeza recientemente. Yo la escuché por primera vez de la voz de Chabelo. Aquel inolvidable comediante y conductor mexicano, que la cantaba cuando algún concursante pedía silencio mientras trataba de mantenerse arriba de la escalera loca. Chabelo entonces gritaba y asustaba al concursante mientras estridentemente cantaba: “¡Silencio! ¡Que están! ¡Durmieeeeeendooooooooo!…”

Hoy, viendo al pasado, por un instante me doy cuenta de que durante mis años de humo, no era yo más que un niño agarrado a la escalera loca mientras México, como Chabelo, me gritaba “¡Silencio! ¡Que están!…” todo el tiempo.

Porque un niño?, se preguntaran, tal vez, ustedes queridos amigos. Es vital explicar que en la pintura, a la izquierda hay nardos. A la derecha, azucenas. Flores de despedida. Flores que perfuman la ausencia. Flores que se quedan cuando alguien ya no está. Flores de muerto.

En 1999 murió mi abuelo.

Con él se fue algo más que una persona. Se fue mi forma de estar en el mundo. Él era mi figura de padre, mi referencia silenciosa, el lugar donde las cosas tenían sentido sin necesidad de explicarse. Cuando murió, no hubo un reemplazo: hubo adaptaciones, nuevos nombres, nuevas voces, nuevos caminos que aprender a recorrer. Cuando murió comenzó el silencio. Así de ensordecedor, como una transformación lenta.

Aprendí a callar.

Aprendí que a menudo el silencio no es una opción, es supervivencia.

A mis hijos siempre les digo: “No le pongas nombre a lo que no existe”, y sin embargo, hay cosas que existen aunque no se nombren. Esas cosas me rompieron y muchas veces mi salida fue transformarlas en humo. Un humo que salía, sí, pero que también se quedaba. Que envolvía, que cubría, que terminaba por deformarme sin que yo lo notara del todo.

Esta pintura es ese momento de reconocimiento. Una revelación silenciosa. Un instante en el que me veo desde fuera y entiendo, quizá por primera vez, el costo de haber callado tanto tiempo. Y también, de alguna forma, el sentido que tuvo. Todo silencio, cuando se sostiene lo suficiente, termina hablando.

Yo pinto esto sin pensar demasiado; ese es el regalo que me está dejando la pintura. La mano se mueve antes que la cabeza: cuando escribo, la cabeza nos lleva; cuando pinto, la mano manda.

Así, pintando, siento que no estoy callando.

Que estoy hablando.

Aunque sea en humo.

Aunque sea en capas de pintura.

Esto es lo que soy, y solo yo sé lo que sé y lo que entre humo callo.

Octavio Paz dice en su ensayo “Máscaras mexicanas”: “el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación… en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: ‘al buen entendedor, pocas palabras’. En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo“.

Así pues, al terminar esta pintura, que en su colorido me recuerda a mi vida cercana a la política mexicana, me veo obligado a acercarme a mi pasado, a mis razones, a mis dolores, a mis penas, a mis pecados, a mis arrepentimientos, a mis logros, a mis aciertos, a mis excesos, a mis contenciones, a mis exabruptos; pero sobre todo, a mi silencio: ese silencio que hoy, roto, me deja por momentos acercarme también a mí mismo.


Posted by

Pablo Eduardo Ibáñez López

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