MUCHAS VECES EL FINAL ES EL MISMO

Dicen de mí que existo en un “todo” no visible. Me atrevo ha decir que en todo, por que sin importar la clase social, cultural, o espiritual, de cualquier individual no importa sea humano o una bella mariposa monarca, todos han tenido que ver conmigo durante el transcurso de sus vidas, y por si fuera poco no soy totalmente propio de los vivos.

Lo que voy a contarles restará importancia a muchos. Es una historia simple y no-espectacular. Todo empieza así…

El joven de aspecto garboso caminaba por el malecón de su ciudad natal. Ella que disfrutaba de unas vacaciones precisamente en ese mismo lugar había decidido recorrer el centro sin ninguna compañía durante el paso del día. El centro y el malecón estaban a escasas dos cuadras de distancia.  Cuando, en la banqueta, ella cruzó la calle, el joven, no lo hizo a causa de unas monedas que se le escaparon. Ella pasó a su lado y el no pudo evitar sentir su perfume, pero, esa vez no se conocieron…

Otra más de las veces que sus vistas estuvieron a punto de chocar, fue cuando él decidió ir a un desfile de modas. Su novia, prácticamente lo obligó. Ahí estaba el joven, sentado en el fondo de uno de los tantos salones de reconocido y elegante hotel, sosteniéndole la mano a su compañera. Ella estaba en la silla de al lado. Durante más de treinta minutos, el joven, estuvo tentado a clavar la vista a la poseedora de ese aroma que se le hacía familiar. Ella estuvo demasiadas veces, diría yo, tentada de igual manera, a voltear sus ojos a el que fuera que oliera a tabaco. El olor que se desprendía de la ropa del joven, no era desagradable, era más bien como a caoba recién lijada, era un olor a hombre, a madera que no se confundía con los demás aromas que había en el salón. Pero esa vez tampoco se vieron…

Así pasó muchas veces. Por diferentes factores el encuentro entre ella y el joven no se produjo nunca hasta aquel viernes…

El camión no se distinguía completamente en la noche. Las luces de su interior parecían fantasmas eléctricos que volaban a lo largo de la carretera. En el pasillo de pasajeros, en la silla número 25, el joven estaba tremendamente agobiado por sus remordimientos. No era fácil, para él, haber dejado sus casa atrás con el propósito de encontrar fortuna y si contaba con alguna suerte encontrarse a sí mismo. Extrañaba a sus padres,  a su madre en especial. Los recuerdos con su familia y amigos recorrían su mente como enormes fotos en blanco y negro.   Se sentía casi como en un proceso para esconder su vida anterior y forjarse una nueva, y si no podía, se la inventaría.

Cuando el camión detuvo por completo el ronronear de su motor, el joven no pudo evitar fijarse en la estación que reflejaba el costado del ADO en los empañados cristales. La marquesina que anunciaba comidas a sólo 13.- nuevos pesos se reflejaba a la inversa, en el costado del camión. El joven esbozó una ligera sonrisa al ver como la estación algunas veces existía y otras, a causa de la neblina, se perdía en la noche. De la puerta de aluminio que seguramente lanzaba un quejido al abrirla, salieron tres individuos corriendo. La puerta de acceso al camión emitió un resoplido y después se abrió a la mitad de su amplitud. En el camión todo mundo dormía, excepto el joven, que por alguna razón no había podido conciliar el sueño durante todo el viaje.

Ella cruzó la calle apresuradamente, en un brazo llevaba su maletín y en el otro una taza térmica de café. Al llegar a la entrada del camión observó el número de su boleto, el 26 era la silla en la que viajaría. Sus bien formadas piernas dieron un respingón al subir el primer escalón. Sus ojos color verde azulado se reflejaron en el parabrisas. El chofer no pudo evitar verlos. Estaba a punto de subir su maleta al compartimiento superior cuando observó que tendría compañero de viaje. No andaba de humor para una plática, es más para ninguna plática. Siguió sin voltear a ver. El joven tampoco levantó la mirada. Ella, se sentó en el número 32. No había problema, puesto que había como 10 asientos vacíos en el interior. Hasta aquí parecía que nuestros protagonistas no se conocerían…

El joven y ella se durmieron durante las tres horas siguientes. Ella el sueño perdido y el joven el sueño deseado. Aquí mis amigos es cuando yo entro en la historia. A solo dos horas de que nuestros comunes llegarán a su destino.

El chofer se encontraba completamente lúcido y despierto. La radio emitía una canción de Lara, “azul” si no mal recuerdo. La goma de mascar había perdido su sabor a dulce por completo, y el conductor se preparó a sacar otra más de su bolsillo. De repente sin ningún motivo alguno, el chofer, se quedó durmiendo sin más ni más. Fue como un rayo directo a su conciencia. Fue como si su mente se alejara poco a poco de él, desprendiéndose de cualquier raciocinio. Como es de pensarse, el camión no tardó mucho en salirse de la carretera. Cuando la mente viajera del conductor volvió a ver la noche, lo único que pudo ver fue un árbol que parecía crecer del cielo. La gente gritaba desesperada. De ninguna y de todas partes comenzaron a salir manos que clamaban ayuda. Ella y el joven, al parecer, eran los únicos ilesos. Los gritos de los pasajeros se escuchaban ahogados desde afuera. Solo eso y el correr de la gasolina por el suelo, rompían con el encanto silencioso de la noche.

Después de que toda la tripulación había sido desalojada del camión por el joven y ella, y mientras el chofer mascaba frenéticamente su goma de mascar que por cierto ahora tenía un desagradable sabor amargo, el interpelado de la chamarra azul encendió un cigarro. Traía fósforos, de aquellos que son impermeables. La flama que se desprendió de la superficie era totalmente azul. De todas las personas que habían estado en el camión cuando éste rodó ladera abajo, y a excepción de 2 o tres moretones del tamaño de un puño todos se encontraban en perfecto aunque asustado estado. Raro fue entonces que lo que no tenía moretones, los que habían logrado sacar a los tripulantes del camión, estuvieran parados en el charco de gasolina. Las quemaduras fueron leves. La explosión del camión fue casi apocalíptica, más de cuatro de los presentes afirmaron ver formarse un hongo atómico en el firmamento. “Cuestiones del susto”, había dicho el doctor.

La ambulancia llegó derrapando al hospital. Ella iba desmayada. El joven no podía ver bien. A ambos los atendió el Dr. Oñates. A ambos los atendieron en la misma sala, a la misma hora, el mismo día. Ambos estuvieron en el cuarto número 30 colectivo. Ella leía un vanidades de un mes de antigüedad y el joven un vanidades con la misma portada. Lo único que los separo de encontrarse fue la cortina de plástico, que nunca se movió, ni por el viento tan siquiera. Los dos comieron pollo el mismo día, y por si fuera poco a los atendió la misma enfermera. Pero tampoco se conocieron, aunque ya se habían escuchado…

Al ser dados de alta el mismo día, y para ventaja mía, el joven y ella bajaron en el mismo elevador. No pasó nada. Él reconoció su perfume y ella también. Los dos por las razones que ya no quería buscarlas, no alzaron la vista. Los dos llevaban el mismo par de tenis. Ella 5, y el 8. Excuso decirles que yo empezaba a creer que se iban a conocer por pedacitos, pero pasó algo en lo que no tuve nada que ver…

El joven, decidido a continuar su viaje, extendió su dedo índice y poco después se subió al taxi. Unos metros más adelante, ella, también decidida a continuar, subió al mismo taxi. Él viajaba en el asiento delantero y ella en la silla de atrás. El taxista preguntó – adónde va? -, la pregunta no llevaba dirección por lo que los dos contestaron al unísono, – a el ADO, por favor -, se miraron y sonrieron. Una vez que llegaron a la estación de autobuses, el joven se dirigió a comprar un buen libro a la tienda de miscelánea que había cerca. Se decidió al fin por “el amor en tiempos de cólera” de García Marques. Ella leía el mismo libro, con su boleto en la mano, sentada en la cafetería.

Ella abordó su camión, y se acomodó en el número 26. El joven se acomodó en el 12. Esta vez el camión no se volcó, pero al parar a comer en la primera estación, los dos se reconocieron en la cafetería, platicaron, y viajaron juntos por el resto del viaje.

Durante su florida e interesante tertulia, los dos me sacaron a la luz. Mi risa fue incontenible, había esperado mucho tiempo para deshacerme de este trabajito. No sabían que dentro de muy poco tiempo los casaría y los colmará de hijos, toda su vida quedaría llena de felicidad, agradeciéndole a mi por haberlos encontrado. Sus nombres restan de importancia. Aunque esta vez fue de las que más batallé.

Creo que ahora saben mi nombre y si algunos no lo saben comúnmente me llaman destino. Este pequeño cuentito solamente se me ha ocurrido contarlo para que ustedes se den cuenta de que mandarles su propio camino no está trazado, aunque demasiadas veces cómo está, el final es el mismo…

Posted by

Pablo Eduardo Ibáñez López

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