LA CASA DE LA ESQUINA

La tarde ya había comenzado a caer, detrás de la ventana se asomaba la sombra de su delgado cuerpo. El picoteo constante y el ritmo que se escuchaba era casi insoportable. Cuando el último rayo de sol se asomó en el horizonte, el picoteo se dejó de escuchar. Eran casi seis de la tarde y ya era hora de irse a acostar, mañana sería otro día, mañana sería otra esperanza pensó el hombre. Muy vagamente entre la hora de cenar y la hora de que todo el pueblo se acostaba, dentro de la casa se escuchaba el chillar de una mecedora. A los niños se les contaban historias horrorosas acerca de aquel viejo que vivía dentro de la casa de la esquina.  Según los padres de los muchachos, así como los padres de sus padres,  el picoteo que se escuchaba era el ruido de martillo y clavos chocando contra esqueletos antiquísimos, según los padres de los niños, que el viejo desenterraba para hacer magias negras y pactos satánicos. El obispo del pueblo lo había logrado ver una vez, mientras el viejo malévolo a altas horas de la noche fumaba un cigarrillo en las escaleras del portón desvencijado que se dejaba ver justamente desde su casa. No es de este mundo “concluyó el párroco al siguiente día. De ahí fue donde empezó el rumor de que el viejo de barbas blancas, negras verdes, todo dependía de quien platicara la historia, tenía más de trescientos años gracias a que había hecho un pacto con el Demonio que le había concedido la vida eterna, siempre y cuando el viejo hiciera polvo los cadáveres de los que estaban enterrados en tierra de cementerio, tierra santa, y por consiguiente arrebatar sus almas del dominio divino de Dios el omnipotente.

Nunca nadie se atrevió tan siquiera a mencionar su apellido en el pueblo. Era difícil ya que el apellido del viejo era muy peculiar en el hablar diario. La gente nunca se interesó en averiguar el nombre del investigado, así que solo se pudo guiar por un letrero que lloraba de vejez en las afueras de la casa de la esquina, que rezaba así: “Esta es la honorable casa de el Sr. Tiempo”. Por eso las personas de Josías acostumbraba a sentenciar a los malcriados “te va a llevar el tiempo”, cosa más que graciosa por que sabían que a todos ellos, incluso a todos nosotros siempre nos lleva el tiempo, es más, si me permiten decirles que nuestra meta en común sería rebasar al tiempo, que cuando este se lleve la inerte materia de la que estamos hechos siempre quede algo que no importa cuantas veces el tiempo termine y vuelva a comenzar, siempre queda ese algo que ni siquiera el gran Sr. Tiempo se lo llevé. Así fue como comenzó la historia y las múltiples leyendas que le enclaustraban a la persona de ese viejo desconocido, nunca nadie en el pueblo se acercó a él, parecía tan sumergido en su mente, tan intenso, tan “tiempo perdido”, que el Sr. tiempo era moral y físicamente repudiado por todo Josías. El en su afán y su papel de paria, optó por comprar comida en otros pueblos aledaños a Josías, pero al igual que en este, la gente siempre le temía, lo creían loco, le temían al Sr. Tiempo…

Hasta que por fin un día un niño de cuyo nombre no me acuerdo, pudo reunir un poco de fuerza y valentía y entró a la casa. Eran casi las cinco de la tarde. Sus amigos le observaban asustados desde la otra banqueta. El muchacho de escasos trece años de edad, de estatura media y complexión delgada cabía perfectamente por una hendidura que se había hecho entre la ventana y el miriñaque de esta. Ya, una vez dentro de la casa el muchacho comenzó a seguir el picoteo. A sus lados estaban apilados millones de libros con innumerables separaciones que marcaban específicas páginas. En la sala sobre la mesa del comedor se encontraban revueltas mil hojas de papel con todos los temas habidos y por haber. Al entrar en el cuarto de donde provenía el picoteo el muchacho pegó su delgado cuerpo a la puerta y comenzó a sentir como la saliva se le había agotado y la boca le comenzaba a producir un enorme sabor amargo y pastoso. Reuniendo todo lo que le quedaba de miedo se asomó y…

En una silla giratoria estilo Norteamérica con barrotes de madera en el respaldo se hallaba sentado un hombre de aproximadamente unos sesenta y nueve años. De frente a él una maquina de escribir que por cierto era más vieja que sus ojos y emitía el famoso picoteo. El hombre tenía el pelo casi completamente blanco. Sus manos estaban completamente llenas de arrugas. A un costado del escritorio, donde se hallaba la máquina de escribir, en el suelo se encontraban miles de hojas de papel, algunas rotas y otras más simplemente arrugadas. El rostro del individuo estaba cubierto por barba y sus ojos por unos lentes que en los soportes llevaba puesta una de esas correas para sostenerlos en la nuca al quitárselos. Su ropa era vieja y cómoda. Nunca he recordado cuanto estuve ahí recargado en la pared. Comencé a sentir los brazos cansados y quise acomodarme. Al hacerlo la madera del piso crujió y el hombre del escritorio volteó repentinamente. sentí una irrigación extremadamente potente de sangre a mi cabeza y al mismo tiempo mis piernas se paralizaban, no podía moverme, solo se me ocurrió preguntar al hombre lo más rápido posible. “Quien eres?!” dije con la voz quebrantada. El hombre esbozó una sonrisa en su rostro y amablemente contestó “Un  escritor”. Un Escritor?, pensé, donde estaban todos los cuerpos, donde estaban las figuras de Satán, los enanos que cuidaban de su persona, su ojos incandescentes que reflejaban el infierno que llevaba dentro, donde estaban todas esas historias que mis amigos me habían platicado millones de veces, algunos con la mirada desafiante y otros más con lágrimas escurriendo en las mejillas, sosteniéndose por el puro viento por el puro impulso de acabar de oír una de las versiones de el famoso y terrorífico Sr. Tiempo, donde?, no podía entender que tenía que ver un escritor con el diablo o con la vida eterna o los trescientos años que llevaba existiendo el Sr. Tiempo…dentro de mi asombro le dije. “Y que escribes?”. A lo que el hombre contestó. “Escribo acerca de la poca falta de fortuna que tenemos algunos escritores, que nunca tenemos el privilegio de que alguien lea lo que escribimos, pero, tu estás aquí así que, gustarías leer algo?”. Había recuperado mi color y accedí. Pasamos más de una hora juntos y conforme más avanzaban los minutos mas me asombraba de todo lo que sabía el hombre, vaya, hasta comencé a sentir una especie de cariño por el. 

Al dar las seis y media el niño se disculpó con el escritor y le dijo que vendría mañana. Al salir sus amigos corrieron hacia el y lo abrasaron. Con miles de preguntas a la vez lo atosigaban a lo que el muchacho contestó. “Dentro de la casa de la esquina vive un escritor y desde mañana vendremos a leer y aprender sobre lo que el escribe. El sonido que se escucha es el de una maquina de escribir. Es una persona agradable y creo se siente solo.”. y así después enumerables veces los niños comenzaron a llegar a la casa de la esquina, cada vez llegaban más. Algunas veces faltaban a clases solo por ir a escuchar a el escritor leerles una historia de miedo. En las tardes lluviosas el escritor les leía algo romántico de cualquier autor, incluso hasta de él mismo. Los niños comenzaron a escribir y empezaron a gustarles las letras. El escritor era más feliz que nunca su sueño se había cumplido y su legado de interminables pensamientos e historias no se habría perdido, los niños lo llevaban adentro. Al morir el escritor los muchachos ahora hombres de carrera, recopilaron todo lo que su adorado maestro de letras escribió y lo publicaron con el nombre de tiempo viejo, los escritos, cuentos, y demás se hicieron famosos, así que todos los miércoles y lunes por las tardes se siguieron juntando para seguir escribiendo. El bello y rico legado de amor por los libros que les había regalado envuelto en un elogio su gran amigo el escritor quedaría dentro de sus vidas, por siempre de los siempres…

Hace pocos meses mi madre me preguntó: “Oye, hijo, nunca me platicaste que era lo que hacías con todos tus amigos, cada vez que se perdían por horas y horas enteras, y si no mal recuerdo, nosotras, todas las madres, los regañábamos y ustedes siempre contestaban -estabamos en la esquina- y en la esquina vivía aquel viejo terrible del que se platicaron tantas historias en el pueblo, recuerdas?, que hacías?”. La mire por unos segundos y después le dije “Si me acuerdo, pasábamos horas de las horas asomados en la casa de la esquina y te acuerdas el letrero ese que lloraba de viejo que había en el portón de la casa de la esquina y en el que se decía -esta es la honorable casa del Sr. tiempo-…pues en verdad era el tiempo Mami, en verdad era el tiempo…

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Pablo Eduardo Ibáñez López

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